El ruído, el humo, el calor asfixiante que desprendía cada uno de los individuos que estaban allí, abarrotando la sala, bailando, chillando enloquecidos como animales. Y en medio de toda esa nebulosa agobiante de gente estaba yo. Y sin pensarlo dos veces empecé a correr, con los ojos y los puños cerrados. Me detuve y miré al cielo. De repente me pareció estar en medio de la nada, grité hasta perder la voz y me dejé caer, rompiéndome en minúsculos pedacitos. Nunca en mi vida me había dolido el alma de esa manera.
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